No, no, no

Escribir, tengo que escribir. Ya perdí el ritmo. No sé cómo empezar, no sé qué decir. Y el simple hecho de que cada frase empiece con una connotación negativa delata mi apatía adquirida hacia la palabra expresada.

Puedo adjudicárselo a los astros, como tantas personas me han marcado. Sí, nací bajo la constelación de Acuario: “vos te escapás, vos huís siempre” me dicen. “Vos te aburrís, vos cambiás, vos sos inconformista”. Quizás me adueñé de ese manojo de características para excusar mi ciclotimia crónica, para disfrazar mis inseguridades y para justificar mi falta de constancia en cualquier aspecto de la vida.

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El lado oscuro de viajar

Debo confesar que los meses subsiguientes a mi retorno al mal llamado mundo real han sido arduos. Si bien se ha acuñado y es comúnmente utilizado dentro de la jerga viajera (y probablemente psicológica) el concepto de depresión post viaje, uno siempre tiene la oculta intención de quedar exento de sus efectos. No fue así para mí.

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El Festival de Música Country de San Pedro

Generalmente se vincula el viajar por el propio país a un descubrimiento meramente territorial: nos movemos (de nuevo, generalmente) dentro de nuestras fronteras en busca de los grandes hitos geográficos, de la foto que no debe faltar en la pared del living. Parecemos obviar eso que motiva a nuestros visitantes foráneos, el adentrarse en nuestra cultura, ante la sospecha infundada de que ya todo lo conocemos de nuestra personalidad en común. Qué determinista es decir que todo lo conocemos de nuestra propia identidad colectiva y qué fácil fue deshacerme de aquella impronta.

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¿Por qué hablar de política?

Agresión verbal, difamación y abucheos. Tergiversación de lo tangible y negación del otro. Cacerolas, paros y cortes de avenidas. Discursos hiper carismáticos, gurús indios y twits malintencionados. Hiperadjetivación y ridículos anagramas. Todo vale en la guerra, todo vale en la política argentina.

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Cambia, todo cambia

Las primeras semanas posteriores a un gran viaje nos regalan una visión peculiar del lugar de origen. Debe ser que nuestro cerebro se programa en modo “sorprenderse”, nuestros ojos hacen foco cual cámara fotográfica y los aromas y los sabores se perciben con mayor entusiasmo.

Quizás por eso me maravillé tanto cuando llegué a Bariloche, la ciudad que me vio crecer durante diecisiete años .

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¡A comer!

Comer es parte fundamental del viajar. Más allá de la necesidad fisiológica a la que responde, el alimento es un transporte directo a las características culturales más profundas del lugar visitado. No es casualidad que en Argentina, tierra de pampas y ganado libre, seamos fundamentalistas de la carne asada. Ni que en los países centroamericanos el plátano, presente en cada patio de cada casa, reemplace al pan. En definitiva, el simple acto de comer como los locales esquematiza la relacion directa entre recursos disponibles, costumbres ancenstrales y necesidad de consumo.

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Adiós India

Pasé las últimas semanas en un estado de reflexión absoluto. Me cuesta creer haber dejado Asia, pero aún más creer haber estado en India. No es arrepentimiento ni dolor por el regreso, sino realmente escepticismo de que todo aquello haya alguna vez pasado. Debe ser que con el tiempo, los recuerdos comienzan a difuminarse, a cambiar de color, de textura, de olor. A medida que pasan los días me cuesta mucho distinguir qué fue real y qué fue producto de mi imaginación.

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